¿Son los niños japoneses más capaces que los españoles?

Tokio, 13 de noviembre de 2015

No se les trata como si fueran idiotas, vamos, quisiera decir. Eso fue hace dos días que estábamos en Kyoto, y ahora que nos encontramos en Tokio pareciera que ha transcurrido una semana o más y el tema me parece lejano, y es que los asuntos se van y vienen a la misma velocidad que atraviesa el paisaje por la ventanilla del tren o del autobús. Me cuesta entender cómo teniendo la edad que tengo la vida sigue yendo tan deprisa, deprisa lo países que atravesamos, deprisa los asuntos que cruzan las fibras de nuestro cerebro, deprisa las pequeñas agarradas entre el viajero y la viajera, que las hay sin duda, siempre ese conflictivo mundo en el que se encierra la vida de una pareja, deprisa la línea del tiempo también cuando nuestras lecturas o visitas a museos o rincones diferentes de un país nos hacen saltar de un lado a otro de éste del paleolítico a la Edad Media, de la Edad Media a la destrucción de la flota estadounidense en Pearl Harbour por los japoneses y la subsiguiente destrucción con la primera bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki. ¿Habrá algo que no se mueva endiabladamente en este mundo?

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Si hago el esfuerzo por ralentizar tanta velocidad quizás pueda hablar de algunas escenas que seguro llamarían la atención de cualquier habitante de nuestra “progresista” sociedad del oeste, esos países como Estados Unidos y Europa en donde se está tejiendo un estúpido modo de vida que va a terminar agilipollando a todas las generaciones venideras si no empezamos a ponerle solución a la cosa de manera inmediata. Pero antes un paréntesis. Esta mañana en la cabecera de la portada de El País rezaba el siguiente titular: “La CUP pide la república en 18 meses”. El caso es que leí esto y enseguida me entraron ganas de hacerme ciudadano catalán. Me hizo ilusión de repente vivir en una república en vez de en esta monarquía de imbéciles en la que me tocó crecer, un Estado presidido por un pijo cuyo mayor mérito es haberse asomado al mundo gracias a un desganado polvo de un cazaelefantes dedicado a hacerse rico a través de las comisiones de importación de petróleo de Arabia Saudí, presidido por y gobernado por mafias y meapilas de toda condición. Quizás vivir en una república fuera un modo de ir acercándose a una democracia más real. Cierro paréntesis.

El esfuerzo a que me refería estaba relacionado con algunas escenas tempranas corrientes que cualquiera puede contemplar cada mañana en los autobuses y calles de Kyoto. Hablo de niños, niñas y estudiantes de toda condición moviéndose de una parte a otra de la ciudad a las horas de entrada y salida de los colegios, niños y niñas a partir de los seis, siete años a los que ves solos, sí, solos, en autobuses, metro o calles dirigirse a la escuela cada mañana con toda la naturalidad del mundo. Victoria y yo, que que hemos acumulado entre los dos más de setenta años de maestros no acabamos de dar crédito a nuestros ojos admirados cuando pateando por la ciudad nos cruzamos de continuo con decenas y decenas de estudiantes de los primeros cursos de primaria. Y se me hace difícil no recordar, ejerciendo mi profesión, tantas entrevistas con padres, tantas reuniones en que me veía obligado a explicar continuamente a los padres la evidencia de que el camino de la necesaria educación de la autonomía de sus hijos, y por tanto de la responsabilidad, pasaba por abandonar esa enfermiza actitud paternalista de llevar a sus hijos, incluso hasta los diez años, de la mano hasta las puertas del colegio. Cuando en Madrid y sus afueras me encuentro con calles colapsadas por los coches que van a recoger a los niños a la escuela siempre hay algo dentro de mí que se rebela contra tal situación. Lo digo sin ningún tapujo, con esta actitud proteccionista lo único que estamos haciendo es contribuir a idiotizar a los niños. ¿Será que los niños japoneses son seres especiales, que en España somos mejores padres, que nosotros para hacer ver a los demás que somos amantísimos padres necesitamos hacer un trasnochado exhibicionismo de paternidad, será que deseamos que nuestros hijos sigan siendo nuestro juguete preferido y que realmente no deseamos que crezcan y se hagan autónomos?

Da pena comprobar cómo de un modo u otro vamos degradando la educación de los niños considerando a éstos cada vez más como seres más necesitados de los adultos de lo que realmente los necesitan. Ayer recibí una foto por whatsapp de mi nieta Ainara que de paseo por la Casa de Campo señalaba sobre un tronco de un árbol una señal blanquirroja que ella sabe que me es tan cara, la señal que marca en todo el mundo los GRs, los grandes senderos que atraviesan a veces país de parte a parte. Le contestaba esta mañana que algún día le contaría mis aventuras de los seis y siete años en la Casa de Campo. Allí íbamos a bañarnos en una acequia que corría por el pinar de las Siete Hermanas, recogíamos piñones tras los días de lluvia, comíamos majuelas y hacíamos cerbatanas para disparar sus huesos como si fuéramos indígenas de alguna selva de las novelas de Emilio Salgari que ya leía en aquella época. Era una magnífica aventura pasar el día por allí construyendo una cabaña o leyendo los primeros libros, le decía. La Casa de Campo estaba a media hora andando desde casa. En verano pasaba una gran parte del día allí jugando y haciendo de explorador con los amigos. Seis, siete y ocho años eran nuestras edades entonces. Los libros de Ana Maria Matute y Miguel Delibes nos han regalado hermosas aventuras de niños en torno a esa edad.

¿Quién concibe hoy una autonomía tal para los niños de nuestra generación? Hoy, si dejas a tu hijo “inatendido” en la calle a esa edad son capaces de meterte en la cárcel. ¡Caterva de imbéciles!  Hasta hoy la presión social que existe en Occidente en torno a este tema podría impedir que hiciera esa exclamación, pero ante el espectáculo que estamos viviendo desde hace meses durante nuestro viaje desde Turquia, Asia Central, China y Japón, y muy especialmente Japón, de niños de los primeros cursos de primaria haciendo autostop para ir a la escuela, niños recorriendo grandes distancias a pie en el Pamir, o chiquitines en calles y medios públicos, creo que puedo perfectamente subrayar el grado de estupidez con que en Occidente tratamos a los niños considerándolos incapaces de valerse por sí mismos en tantos asuntos de la vida. Desde aquí, viendo la actitud de la sociedad frente a los niños, tan respetuosa, se tiene una visión más ajustada del grado de infantilismo con que nos conducimos en la crianza de nuestros hijos en Occidente.
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